El trabajo y yo: hasta que la pensión lo depare

Desde muy joven supe qué era lo primero que quería hacer cuando cumpliera los 18 años: salir a buscar trabajo. Cuando no tienes experiencia alguna, el panorama se pone difícil. Y si no tienes alternativas como un negocio familiar, tus posibilidades se reducen aún más. Este era mi caso. Ningún miembro de mi círculo más cercano
tenía una tienda, una papelería o algún local en el que yo pudiera ocuparme. Todos eran empleados, o desempleados, en su defecto.


Para este entonces, yo ya cursaba mi segundo semestre de Comunicación Social. Era becada y además tenía un subsidio para sostenimiento académico. Vivía con mis papás; soy hija única y, gracias a ellos, nunca me faltó nada. Lo que necesité y lo que quise tener -guardando las proporciones de la clase media-, lo tuve. No tenía obligación de trabajar. Incluso ellos me aconsejaron dedicarme a mis estudios y aplazar la búsqueda de mi primer empleo, pero yo, obstinada, ya había decidido que era la hora.

Creía que tenía potencial de mesera y me aventuré a llevar hojas de vida. Recorrí algunos restaurantes y bares, encontrándome con las miradas de los administradores que me veían muy pelaíta, y muy cruda. Y sí, tenían razón. Después de dos semanas, me llamaron de Mc Donald’s. La franquicia tiene una especie de política del primer empleo, y contratan personal joven sin experiencia, para que allí adquieran algo de bagaje en el mundo laboral.

Mi primer día fue un 8 de diciembre. Lo recuerdo bien porque me perdí la Primera Comunión de un primo y a cambio, allí atendimos unas 5 fiestas de Primera Comunión. Me iniciaron en la cocina. Aprendí a armar hamburguesas y a empacar papas. Después me llevaron al lobby y allí tuve mi primer contacto con los clientes. Por último, labores de aseo general: lo más difícil para mí, que en mi vida había, siquiera, lavado un baño. Todo en un día. Llegué a mi casa cansada, pero feliz y orgullosa. Lo había logrado.

Allí estuve unos meses y luego fui mesera en un restaurante chino, y hasta en un par de bares. Luego, entré a trabajar a un teatro. En la universidad descubrí que era una actriz innata y por allí se abrieron unas cuantas oportunidades. Lo disfruté muchísimo. Este fue el primer trabajo que tuve por pasión. Aprendí un montón y entendí que la felicidad debe hacer parte del salario. Si un día tocas la almohada y sientes que no quieres volver a tus labores, será el momento de pensar en otro modo de sobrevivir.

Salí del teatro por razones académicas. Ya estaba en los últimos semestres de mi carrera y me iba exigiendo cada vez más. Pero, ya estaba acostumbrada a trabajar. El trabajo nos dignifica y nos independiza. Nos da un valor; y no hablo únicamente del económico. Así que me decidí a buscar un trabajo de fines de semana, que me permitiera estudiar con más tranquilidad. Y llegué a las discotecas. Haciendo personajes teatrales y con todo mi histrionismo, me hice al cargo de animadora. Un cargo que, por demás, estaba reservado para hombres.

No fue fácil, pero me dieron la oportunidad y logré estar allí por un buen tiempo creando historias, personajes y divirtiendo a mucha gente. Y lo más importante: siendo feliz, amando mi trabajo, aprendiendo, valorando lo que era capaz de hacer.

Todo trabajo es una creación. Todo trabajo es una transformación. Todo trabajo es una constante innovación. Esto lo confirmé cuando, después, terminé mi pregrado y tuve mi primera experiencia ya como comunicadora social. Pero trabajar en lo que te apasiona sí que es una doble aventura y un doble reto. Por eso, hay que estar preparados.

Hay quienes afirmarán que lo mejor es estudiar y dedicarse a la actividad académica reservándose para cuando ésta finalice y el graduado salga a explorar el mercado laboral. Yo diría lo contrario. Trabajar, indiferentemente de la función, nos califica para la vida. Nos hace entender cómo funcionan nuestras sociedades. Nos prepara para convivir con los otros. Nos enseña el valor de los demás y el propio, desde una perspectiva diferente.

Así que, si estás estudiando y lo estás pensando, sí: lánzate a buscar un empleo. No tienes que dejar la universidad. No tienes que nublar o cambiar tus sueños. Si quieres trabajar, ponte en la tarea de encontrar algo en lo que puedas aportar; algo que te aporte, que te haga entender que eres útil, que eres bueno, que eres completo.


Hoy, tengo un trabajo que quiero. Estoy en la agencia de publicidad más grande del país. Todos los días me siento agradecida y feliz de estar aplicando mi talento, mis capacidades y mis conocimientos en mi área. Estoy cursando una especialización y sigo teniendo la misma ambición que tenía hace unos años, antes de ser mayor de edad: poder trabajar hasta que mi inteligencia y mi corazón me lo permitan. O hasta que la pensión lo depare.

 Por: Elizabeth Martínez Caro

 DDB Colombia

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